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| La presente imagen podría ser alegórica tanto del amanecer como del crepúsculo vespertino, es decir, el comienzo y el fin de la vida del ser humano. O dicho en los términos más usuales: nacer y morir. |
En la
primera parte del artículo, que inserté ayer, no pude evitar el lenguaje burlón para describir las soluciones socialistas de “
Eficacia inmediata” contra este paro imparable que se nos echa encima. No otra cosa distinta a la guasa merecen sus pícaros promotores, porque ya se me dirá, por ejemplo, si no es para hartarse de reír que todo un ministro de Trabajo pretenda solucionar el desempleo a base de descontar “emigrantes volando”, es decir, incluye poco menos que “colocaos” a los que no piensa dejar pasar —es otro decir— a este lado de la frontera. Es más, la solución del ministro de Trabajo supone atribuirle a Interior una eficacia para controlar la emigración que jamás ha demostrado. Y menos ahora, que incluso los sindicatos policiales denuncian la absoluta carencia de medios adecuados, comenzando por la falta de pistolas y munición para ejercitarse.
Hoy debo tomarme estas líneas algo más en serio, espero que en sus justos términos, puesto que atañen a una cuestión tan sagrada para algunos de nosotros como es la vida humana: la que comienza y la que concluye, que son dos de los momentos trascendentales en las criaturas, a las que la mano más infame del socialismo, el zapaterino, pretende concederles su solución más característica, la cual no es otra que adjudicarle valor cero a lo que a ellos no les reporta utilidad alguna o contraviene los deseos de alguno de los grupos de presión en los que apoya su permanencia en el poder. Lo que me lleva a formular una pregunta retórica: ¿Cómo deberían ser clasificadas, desde el punto de vista moral, las ideologías utilitaristas? Una de las posibles respuestas la dio el clásico: “Todo hombre es útil a la humanidad por el simple hecho de existir”.