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| Las dos Sorayas: Santamaría (izda) y Rodríguez. |
Como gobierno, el partido socialista se encargó de demostrarnos durante casi ochos años que no valía un pimiento. Era lógico. Ese gobierno estaba presidido por un mocetón de 1,85 pero con la mentalidad de un niño de menos de siete años: antojadizo, incompetente, malcriado, irascible, rencoroso, sectario, vengativo y manirroto, muy manirroto. El sujeto, como no podía ser de otro modo, se rodeó de una serie de ministros elegidos de entre lo peor de un partido político de por sí propenso a darle cabida a los vagos, a los torpes y a los arribistas, o a los arribistas torpes aficionados a vivir del erario, que no siempre es lo mismo pero son condiciones complementarias.
Fue tal la ineficacia de esos ministros, que ni buscándolos a propósito en unas oposiciones a escala nacional (¡uy, qué he dicho: nacional!) se hubiera encontrado una cuadrilla tan sólida de pelafustanes. Y claro, así, con semejante "ganao" y la manga ancha que les daba el "mayoral", se dedicaron en cuerpo y alma a lo único que sabían hacer: repartir cuantiosísimas subvenciones entre sus cofrades, sus adictos y sus cejateros. Practicaron el reparto de tal modo que incluso varios días después de haber perdido las elecciones y mientras poseían el BOE solo en usufructo, es decir, con una leyenda de "se mira pero no se toca", repartieron lo ajeno con el mayor de los ahíncos. Para entendernos: En tales circunstancias de interinidad no debe firmarse al pie de los decretos salvo para cuestiones manifiestamente urgentes en las que nunca cabe incluir una subvención a este o aquel grupo de lesbianas.


















