martes, 6 de marzo de 2018

Sobre la II República (Segunda parte: El primer bienio)

Masacre de Casas Viejas (Cádiz), ocurrida entre el 10 y el 12 de enero de 1933, en la que el presidente del Gobierno, Manuel Azaña, se implicó personalmente en los hechos y dio órdenes directas para que se acabase de inmediato con la revuelta libertaria. 

El primer bienio, o dictar las normas contra los demás es mi democracia

El primer gobierno de la República, de sesgo izquierdista, diseña una organización del Estado que hizo que se convirtiera en un régimen de corte pseudo-totalitario y con muy poca vocación democrática, como veremos. Los defectos institucionales más graves, se expresaron en la redacción de tres leyes fundamentales.

Instaurado el nuevo orden, se procedió a renovar la Constitución, una ley que tuvo muchísimo que ver con la corta duración de la República, ya que si bien es posible redactar sin consenso una carta magna, legislando contra una parte importante de la población, no cabe esperar que esa ley llegue a consolidarse en el tiempo. 


Una situación similar se vive hoy en día en Cataluña, salvando las distancias, donde se ha marginado a un partido político —Pacto del Tinell— durante la elaboración del Estatut, con lo que el consenso no ha sido precisamente el objetivo de los legisladores catalanes.

La nueva Constitución republicana, prácticamente marginaba y reducía, como dice Moa, a la condición de ciudadanos de segunda (3) a los miembros de la Iglesia católica, puesto que se cerraban sus colegios, se expropiaban sus tierras y se les prohibía pasar el cepillo en las iglesias, con lo que se rebajaba a cero su capacidad de obtener recursos. Para ahondar más en la llaga, se echaba del país a los jesuitas.

Éstas medidas recibían el “apoyo” en la calle de los exaltados que quemaban conventos, profanaban tumbas y asaltaban templos, con la complicidad de las autoridades. Decía Azaña por aquel entonces, que “la vida de un republicano vale más que todas las iglesias de España”. Todo esto, en un país que tenía firmes convicciones religiosas, al menos una parte importante de la población. Fue sin duda una provocación revanchista completamente innecesaria.

Otra ley, que complementaba a la perfección el carácter “profundamente democrático” de la nueva Constitución, fue la Ley de la Defensa de la República, en virtud de la cual, el gobierno podía cerrar, sin necesidad de esperar resoluciones judiciales, cualquier medio de comunicación. Incluso podía hacerlo durante el periodo de tiempo que le viniera en gana y condenar a sus directores al destierro en África, sin más explicación. La ley, profundamente antidemocrática, fue usada por Azaña de manera indiscriminada, lo que le permitió cerrar más medios informativos que nunca en la Historia de España. Incluso hubo un complemento añadido, la Ley de vagos y maleantes, una de las poquitas cosas que heredó Franco de la República y que, por lo visto, le gustó (4).

La tercera norma que acabó de lastrar cualquier resquicio de democratización seria en España fue la Ley Electoral, que tuvo efectos perniciosos por cuanto desdibujaba demasiado la voluntad popular a favor de las opciones mayoritarias, lo que trajo consigo situaciones injustas de las que luego hablaremos.

Si no bastase con estos tres graves defectos del nuevo régimen, que por sí solos desacreditarían una legitimidad de la que andaba demasiado justita de origen, y que ponían en entredicho su voluntad democrática, el primer gobierno de la República los acabó de adornar con una represión de tintes insoportablemente totalitarios, lo que le condujo a tener que disolverse y convocar elecciones, llevado por sus escándalos en materia de abuso de autoridad.

Pisoteando la recién creada Constitución, desde el gobierno se prohibieron mítines de los partidos de derecha (5). El recelo hacia la oposición, la obcecación absurda contra la Iglesia y la persecución de los medios de comunicación desafectos, hicieron que la acción de gobierno no se dirigiera a los problemas reales del país: la pobreza y la reforma agraria (6). Y eso provocó la reacción del campesinado en su vertiente más anarquista, que fue sofocada a menudo con mecanismos ultra-violentos.

De esa época fue la tristemente célebre frase atribuida a Azaña, “los tiros a la barriga”. Una veintena de muertos fue el macabro balance de aquella batalla desigual: El feo asunto ocurrido en Casas Viejas, en el que la Guardia Civil acribilló o quemó vivos a un conjunto de campesinos declarados en rebeldía, que se hicieron fuertes en una cabaña. El hecho salpicó de tal manera al gobierno, que el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, se vio obligado a disolver la cámara para que se convocasen nuevas elecciones. Era el año 33, habían transcurrido dos años de los anteriores comicios. 

Autor: Pedro Villa Isorna
Publicado el 6 de abril de 2006 

(3)
Libertad Digital. Pío Moa: La República y la cultura. “Una visión crítica sobre la República y la Guerra Civil”.
“La medida atacaba una parte las libertades, reduciendo al clero a una ciudadanía de segunda y condenándolo prácticamente a la indigencia; y por otra parte atentaba de modo muy fundamental contra la cultura, clausurando centros de enseñanza muy variados”

(4)
Francisco Alamán Castro: El “nódulo materialista”, Pío Moa y el curioso concepto de la Historia de dos profesores.
“Durante la República estuvieron siempre en vigor la Ley de Defensa de la República y posteriormente la Ley de Vagos y Maleantes, que tan bien le vino a Franco, sin añadirle ni quitar una coma. Estas leyes permitían cerrar un periódico por tiempo indefinido: un mes, un año, un siglo, en tanto que estuviese en vigor, que lo estuvieron durante toda la República, a capricho del ministro de Gobernación y con un único recurso... ante el mismo ministro. No se podía recurrir, en ningún caso, ante los tribunales de justicia. Naturalmente, como no podía ser menos en el régimen de "libertades" que era la II República, también se podían incautar las rotativas y desterrar al Sahara al director, a su santa esposa, a un vecino o a quien se le antojase al señor ministro, durante, un mes, un año o un siglo”.

(5)
Bartolomé Bennassar: “El infierno fuimos nosotros”.
“En junio de 1932, se prohibió la celebración de 61 mítines del partido de derechas que se estaba constituyendo por impulso de Gil Robles” Pág. 33.

(6)
Ramón Tamales, citado en el libro de Bennassar “El infierno fuimos nosotros”. 
“Uno de los grandes fallos de la República (…) fue la falta de un desarrollo de los artículos 44, 46 y 47 (los de la Reforma Agraria)”, “El contraste entre la escasa atención dedicada al desarrollo de esos artículos y la que se prestó al tema del laicismo hace aún más aguda la falta de eficacia de la República” Pág. 45.

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