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| Augusto Pinochet Ugarte |
Hubo un tiempo en el que me prometí a mí mismo celebrar a lo grande
la muerte del dictador Pinochet. Ayer, pasados unos cuantos años de
esa promesa, debo confesar que no sentí ni frío ni calor, cero
grados de tristeza o de alegría, al enterarme del fallecimiento del
general chileno. ¿Qué ha cambiado entretanto que justifique
semejante bandazo emotivo ante la desaparición de un déspota? La
respuesta es elemental: Un más amplio conocimiento de lo que
realmente sucedió en Chile, desde la llegada al poder de Salvador
Allende, en 1970, hasta el año 1988, fecha en la que mediante un
referéndum Pinochet cesó en la presidencia de la República
chilena.