sábado, 22 de diciembre de 2018

Relevancia moral y asesinato



 La noticia ha visto la luz hace ya algunos días, pero no fue hasta ayer, al leerla en La Gaceta, cuando la conocí y creo que vale la pena hacer mención de la misma al ser palpable de hasta qué abyectos extremos puede llegar la degeneración mental humana. Me estoy refiriendo concretamente al estudio perpetrado por dos sujetos llamados Alberto Giubilini y Francesca Minerva bajo el título “Aborto postnatal: ¿por qué debería vivir el bebé?”.

La teoría patrocinada en esta apología del genocidio en la que el asesinato se intenta camuflar macabra e inútilmente con el eufemismo “aborto postnatal” –aunque igualmente asesinato al fin y al cabo– es la siguiente: creen los autores del aberrante estudio que el aborto es perfectamente lícito sin más justificación que la existencia de un riesgo para la salud mental de la mujer –campo libre por consiguiente al arbitrio de cada fémina embarazada– pero que se plantea “un problema filosófico serio” cuando las razones que “justificarían” el aborto surgen tras el parto –incluyendo como razón, atención, “la muerte del padre–.

El problema filosófico falazmente planteado encuentra brutal y fácil resolución para Giubilini y Minerva al haber llegado ambos a la conclusión de que hay vidas que no merecen la pena ser vividas; vidas que supondrían “una insoportable carga” –social, psicológica y/o económica– para la familia y la sociedad; vidas sin derecho a ser vividas ya que el recién nacido no es “moralmente relevante” al no poder éste “atribuir a su propia existencia algún valor”; vidas suprimibles porque “el ser humano no es una razón para atribuir a alguien el derecho a la vida” y el privar a alguien de un derecho que no tiene ni le perjudica ni le produce “ningún daño”; vidas que no sólo pueden sino que deben ser segadas. Al final el “serio problema” ni era problema ni era tan serio: todo se reduce, con espantosa frialdad, a la eliminación física del niño.

Se plantean también Giubilini y Minerva si la adopción podría ser la alternativa al asesinato en masa de los recién nacidos. Creen estos panegiristas de la muerte que no, al considerar que los intereses de la madre, como ya hemos visto, prevalecen sobre los del bebé y que aquélla sufriría, en caso de adopción, una “angustia psicológica” la cual, según estos degenerados, no se produciría mediante el mero trámite de exterminar al bebé: la misma argumentación, ni más ni menos, que aquello de “la maté porque era mía”. Y tan asqueroso es lo uno como lo otro.

A esta aberración nos conducen el relativismo moral y el feminismo radical llevados hasta –casi– sus últimas consecuencias: a que ciertos individuos, jugando a ser dioses y quedándose en repulsivas copias de Hitler, se arroguen la facultad de decidir sobre la vida y la muerte ajena; a que ciertos individuos se adjudiquen la potestad de otorgar o denegar al prójimo el más sagrado de los derechos. Y el caso es que estos dos canallas de marca mayor elevados a la máxima potencia no están solos. De hecho, en España tenemos unos cuantos como ellos: con los mismos argumentos han llegado en buena parte a las mismas conclusiones. La única diferencia estriba en cuándo se atreverán a recorrer la breve y repugnante travesía que media entre patrocinar el asesinato de un niño en el vientre de su madre y el patrocinio del asesinato de un niño ya nacido.

Autor: Rafael Guerra
Publicado el 11 de marzo de 2012

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