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| Regulares esculpidos en barro y policromados. |
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Con los políticos, llegó a Marruecos el odio y la guerra. Deseo hacer constar que a los marroquíes les desagrada que les llamasen “moros”. Y que tratan de “tú”, a quien de “tú” les trata. A mí siempre lo hicieron de usted, como yo hacía con ellos. Tengo, sin excepción, un muy grato recuerdo de todos, en especial de mi asistente, Mohamed ben Abdeselam el Hichu, hijo y nieto de soldados marroquíes al servicio de España. Aunque era de la cabila de Anyera, reputada como árabe, tenia el pelo rubio y los ojos azules, por lo que pensé que su sangre era rifeña. Era tierno y cariñoso. Con 18 años, veía en mí a su padre, con 36. Aceptó entusiasmado mi propuesta de venirse conmigo a España al acabar los trabajos, a lo que no pusieron reparo las autoridades marroquíes, ya independientes. Era el mozo más solicitado por las madres con hijas casaderas de su cabila. Poco antes de terminar los trabajos, se hizo novio de una jovencita cabileña (preciosa, con rasgos indudablemente árabes), que se opuso a venir a España, como yo le había ofrecido a Hichu y, posteriormente, ampliado a ella. Hichu y yo nos sentíamos felices con su venida a España, pero “el hombre propone y la mujer dispone”.
Desde el primer día que me lo pidieron, autoricé a mis soldados marroquíes que asistieran, fuera de horario de trabajo (que, para todos nosotros, era de sol a sol), a los mítines políticos. Nada noté en ellos que me alarmase. En cierta ocasión, estando acampado en un poblado de la cabila de Ait bu Iahi, llamado Hassi Berkan (Pozo negro), próximo a la antigua frontera de la que fue Zona de Protectorado francés, al regresar por la noche al campamento me informó el sargento que políticos de dicha zona habían estado inquiriendo qué hacíamos allí, pues “ellos ya eran independientes”, e intentando indisponer los ánimos de los lugareños contra nosotros, cosa que no lograron y sí su repulsa.
A poco de mi regreso y de haber sido informado de lo sucedido por el sargento Ferrer, apareció por mi tienda Duas, soldado mío, árabe, de la cabila de Tetuán, que era el que manejaba a sus compañeros, invitándome a que fuera a tomar el té con ellos. Así lo hice (cosa frecuente pero, en aquella ocasión, “olí” que había motivo y cual. Acerté). Tomadas las tres correspondientes tazas, fue al grano: “Mi capitán: sabemos lo que ha pasado esta tarde. Quiero decirle, en nombre de todos, que pase lo que pase, estaremos a su lado. Si hay tiros, hasta el último momento”. Estoy seguro de que así hubiera sucedido. Les agradecí sus manifestaciones e insistí en que nada iba a ocurrir. Que ellos no se significaran, ni se indispusieran con sus compatriotas. Que si algo les preguntaban, respondieran sin más explicaciones, que teníamos permiso (como era verdad) del general Mizziam, (Mohamed ben Mizzian ben Kasem, en aquella fecha jefe máximo del Ejército Marroquí, que había sido teniente general en el nuestro). Que a todos les dijeran que “estábamos trabajando para el Sultan” y que no sabían más. Los políticos de la Zona francesa no volvieron a aparecer.
Desde el momento en que empezaron los tiros, creo que fuimos la pesadilla del Amel (Gobernador marroquí) de la provincia de Nador. Casi todas las semanas iba a visitarnos, allá donde nos encontráramos, temeroso de que nos ocurriera algo, pues fuimos los últimos españoles en abandonar la zona. Los caídes (alcaldes), con independencia de las cabilas donde estuviéramos, siempre nos decían: “El amel les quiere mucho”. Ligera advertencia del amel de lo que les esperaba si nos pasaba algo. Con nuestra marcha, respiró.
Autor: Rogelio Latorre Silva
Publicado el 17 de enero de 2008

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