viernes, 27 de abril de 2018

Última línea de defensa


En la película La batalla de Anzio (1968, Edward Dmytryk), un asombrado Arthur Kennedy (General Lesley) escucha el diagnóstico que hace Robert Mitchum (reportero-soldado Dick Ennis), cuando a su pregunta de si ha encontrado la respuesta de porqué los hombres se matan unos a otros, recibe la categórica y lacónica afirmación de que "el hombre mata porque le gusta", a lo que añade más tarde que "se le toma gusto a matar".

Poco importa el formato del crimen o la versión social del asesino. Gusta matar y se coge afición. Lo vemos con el disfrute reciente del macabro relato rememorado por Tony King, o del camionero alemán, asesino de prostitutas, coleccionando fotografías de sus víctimas en la cabina de su vehículo de trabajo. Son enfermos, monstruos, casos extremos, justificamos. Menor enjundia y mayor justificación tienen por tanto en nuestra psique los habituales asesinatos basados en el conocido "la maté porqué era mía" (o mío), que suponen las más de las veces enajenaciones transitorias, más dignas, según ciertos veredictos judiciales, de nuestra comprensión y compasión que de un castigo ejemplar. Tristes y lamentables casos, aislados e inevitables, concluimos. No hay que olvidar que hay lemas mantra que ayudan a mantenernos ecuánimes en ocasiones de duda razonable, muestra de la cual es el igualmente famoso: "Algo habrá hecho". La justificación nos exime de responsabilidad. Es un hecho. Pero aún resulta más balsámico hallar a otros que también lo justifiquen. Ya sabe: "Nueve de cada diez dentistas...". Hay para ello un enorme catálogo de excusas: Tuvo una infancia difícil, sufría una situación injusta, no podía hacer otra cosa, era él o el otro, se desdobló su personalidad, luchaba por sus derechos históricos, defendía su hacienda, oía voces dentro de su cabeza ... 

Si no limitamos el asesinato o la matanza, a la condición de pérdida de la vida a manos de otros, reproducción eterna de la marca de Caín de la que no nos libraremos con facilidad, y comprendemos que arrebatar una vida es practicar la privación del derecho mínimo y básico del ser humano, tal vez podamos convenir que el derecho a la vida es igual al derecho a la libertad, y quién nos priva de nuestra libertad, nos priva de nuestra vida. Esa privación no requiere necesariamente de la sangre. Puede hacerse al estilo Rodríguez: Implantando la cultura de la muerte, que consiste en dar por bueno todo muerto si podemos amortizar la hipoteca. Asesinando el pensamiento, estrangulando la voluntad, eliminando la conciencia y liquidando la dignidad y la Justicia. Fruto de la democracia deliberativa y la base esencial de los juegos de cintura, hay que colegir que dado que el terrorismo criminal existe, debemos aceptarlo como algo con lo que hay que convivir y, apoyándose falazmente en aquella desafortunada máxima de Adolfo Suárez: "Hay que elevar a normal, lo que a nivel de calle es normal", no parece tan atroz integrar el terror y a los asesinos en nuestro día a día, ya que lo contrario es negar la realidad. Todo para que se puedan seguir haciendo mejoras y reformas de progreso.

Robar 400 pistolas es demostrar que se le ha cogido gusto a matar. No es otra la utilidad para la que fueron diseñados tales instrumentos. Cualquiera en su sano juicio puede ver donde nos lleva todo esto y la necesidad de aplicarnos a nuestro deber como seres humanos, que no es otro que la conservación de la vida. Es nuestra última línea de defensa, pues todo mal colectivo tiene repercusión individual. Para ello, hay que empezar por algo, basta desear en nosotros mismos que nuestros entumecidos labios pronuncien una voz de alerta que detenga el proceso de suicidio colectivo al que nos encaminamos. "Una sola palabra bastará para sanarnos": No, Basta, Alto... e incluso para los más borricos de nosotros un simple Soooo!!!

Una nueva oportunidad de pronunciarlas se dará una vez más en Madrid el próximo día 25, junto a las víctimas inocentes de la cultura de la muerte que defiende Zapatero. Acude, y no justifiques más. Una acción tal en ese sentido, si sería revolucionaria. Una verdadera afirmación por el derecho a la vida y la libertad. Es condición, no obstante, aceptar que la verdadera revolución, empieza por uno mismo.

Autor: Perry
Publicado el 23 de noviembre de 2006

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