miércoles, 7 de marzo de 2018

Sobre la II República (Parte cuarta y última: El Frente Popular)

Manuel Azaña, Segundo Presidente de la II República. Fue un político tan radical como soberbio, que desconfiaba de todos y a nadie valoraba. La posteridad le ha juzgado más por sus escritos, laudatorios de sí mismo, cuya temática es la defensa a ultranza, en una especie de "yo no he sido" continuado, de su comportamiento desleal y antidemocrático hacia la República. 

El Frente Popular, o mucho más frente que popular.

En un clima enormemente enrarecido (12) se celebraron las terceras elecciones republicanas a las que las fuerzas de la izquierda concurrieron unidas en un bloque que se dio en llamar el Frente Popular. Quisieron aprovechar que la Ley Electoral primaba las coaliciones mayoritarias en contra de la atomización del voto. A pesar de eso, y del desmantelamiento del partido radical, las elecciones se resolvieron prácticamente en un empate. La cifra del reparto de votos más rigurosa se considera la dada por Tussell, nada sospechoso de franquista: izquierda 4.654.116, derecha 4.503.505, centro 400.901. Es sorprendente que no se sepan los resultados exactos del escrutinio, y es que volvieron a desaparecer. Menuda legitimidad.


Gracias a la Ley Electoral de Azaña, la izquierda sacó en la primera vuelta 263 diputados y la derecha 168 (!). Se entenderá ahora la crítica a dicha ley, que permitió que los representantes de la soberanía popular fueran de todo menos representantes, porque no eran una muestra representativa del sentir de los votantes. ¿No es esa una nueva prueba de deslegitimación política? El posterior proceso vergonzante de revisión de actas, en el que el Frente Popular fue juez y parte, y que restó las circunscripciones que quiso y como quiso, no hizo más que acentuar esa injusticia.

La primera actuación del nuevo gobierno fue desbancar de su puesto al presidente de la República, amparándose en que las Cortes se habían disuelto ilegalmente, sin comprender que con esto se considerarían también ilegales las elecciones que les habían dado el poder. En una palabra, para defenestrar al Presidente y detentar el cargo que ocupaba, se auto declararon ilegítimos. ¿Hacen falta más pruebas de la desfachatez de la Segunda República Española? Además, tras el derrocamiento ilegal del Presidente (13), se nombró como sucesor al Sr. Azaña. Sí, el mismo que había conspirado contra la República en repetidas ocasiones se erigía en máxima representación de la misma.

Durante el periodo del Frente Popular, se ejerció un doble poder desde la calle, con total abuso, lo que prueba que en solo cinco meses que duró este gobierno hubiera 300 muertos en enfrentamientos callejeros. ¡En cinco meses! (2 asesinatos políticos al día). Y además con la tolerancia de este clima de desgobierno por parte del mismo Congreso de los Diputados, que lo alentaba y celebraba. En una sesión del Congreso, Gil Robles denunció esta situación (14),  y él y Calvo Sotelo, líder de uno de los partidos de la oposición, fueron amenazados de muerte por varios diputados y en el propio hemiciclo. Entre las voces de éstos, el mismísimo presidente del Gobierno, Casares Quiroga, que practicando una dejación absoluta comentó que no se hacía responsable de lo que les pudiera pasar. Y claro, les pasó.

Tomando como excusa el asesinato de un teniente de la Guardia de Asalto el día anterior, varios guardias amparados en el uniforme y significados izquierdistas, muy próximos a miembros del Gobierno, recogieron de su casa a Calvo Sotelo —a Gil Robles no le encontraron—, lo secuestraron y lo mataron a tiros. Al disparar en la cabeza de Calvo, cumpliendo las amenazas de los parlamentarios populistas, en realidad acribillaban a la República y su pretendida legitimidad. Ese fue el aldabonazo para el Alzamiento de los militares, que se levantaron el 18 de julio de 1936.

Si todavía le quedaban algo de integridad y capacidad de poder al gobierno republicano, éstas se perdieron cuando Giral, presidente del Gobierno en aquel tiempo, ordenó que se facilitaran armas al pueblo. En palabras de Andreu Capdevila, militante de la CNT: “Fue el momento en el que el poder cayó en manos de las masas” (15). Por tanto no había ninguna legalidad que defender, ninguna legitimidad en ese Gobierno, ni en su génesis, ni en el aprecio que sus representantes tuvieron por la voluntad popular a la hora de legislar, que en el irregular ejercicio de sus funciones se había demostrado como poco democrático, represor y con demasiado gusto por la violencia.

¿Justifica esto el alzamiento militar? No, nunca es deseable, pero ayuda a comprender por qué los militares tuvieron el apoyo incondicional de la mitad de la población del país y por qué la comunidad internacional no corrió precisamente en ayuda de la República, que si hubiera sido considerada por aquellas naciones como la garante de la legalidad y la voluntad popular en España, sí hubieran reaccionado de otro modo. Pero las democracias vecinas con su actitud equidistante no hicieron más que admitir que tenían en igual consideración a los dos bandos. ¿Cabe mayor demostración de ilegitimidad, cuando tus vecinos te sitúan a la misma altura que un grupo de militares sublevados? A mí, desde luego, se me hace difícil pensar lo contrario.

Autor: Pedro Villa Isorna
Publicado el 10 de abril de 2006


(12)
Largo Caballero. Citado en el libro de Bennassar “El infierno fuimos nosotros”. Página 51: “En caso de victoria de las derechas tendremos que ir forzosamente a una guerra civil”.

(13)
Lorenzo Peña. Semblanza de D. Niceto Alcalá Zamora, medio siglo después de su muerte: “El pretexto para la destitución de Alcalá-Zamora fue que se había extralimitado al disolver las Cortes por segunda vez. Excusa que era evidentemente falsa desde el momento en que, precisamente gracias a esa disolución -reclamada por la mayoría de los españoles, o al menos ampliamente vista con buenos ojos-, se había constituido la nueva mayoría, que respondía a la evolución de los sentimientos de la opinión pública”.

(14)
Gil Robles: Diario de sesiones del Parlamento, 17/06/1936.

(15)
Andreu Capdevila. Citado en el libro de Bennassar “El infierno fuimos nosotros”. Página 83: “Aquél fue el momento en el que el pueblo de Barcelona se armó. En consecuencia fue el momento en que el poder cayó en manos de las masas”.

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