lunes, 29 de enero de 2018

Pío Moa y su carta no publicada en "La Vanguardia"


Pío Moa, una de las mentes más lúcidas a la hora de diseccionar la realidad política de nuestros días, especialmente brillante en su análisis del lamentable período histórico que supuso la II República y la Guerra Civil, nos pide a cuantos aún amamos la democracia y la libertad de expresión que no dejemos de insertar en nuestros blogs, o en cualquier otro medio, un artículo que remitió al diario La Vanguardia, como réplica a determinadas alusiones a su persona, y que el acomodaticio diario, siempre al servicio de los que mandan, se negó a publicarle. 


Es asombroso constatar cómo Pío Moa ha logrado sintetizar en un breve artículo de algo más de 1.000 palabras toda la bajeza moral del nacionalismo catalán, tan responsable desde sus orígenes de extender en ciertas regiones españolas (no olvidemos que también inspiró a los hermanos Arana) el concepto de singularidad ficticia y, lo que es mucho más grave, de cuanto totalitarismo xenófobo ha recomido el espíritu del castigado (por el odio y el victimismo) noble pueblo catalán. Sí, noble sin duda alguna, por cuanto sus mayores logros en la Historia y la cultura hay que atribuírselos a aquellos catalanes, como Boscán, Prim, Pla, Dalí, D'Ors, Mendoza y un largo etcétera de personalices que lograron sus grandiosas obras sin perder un ápice de su distintivo catalán y, al mismo tiempo, sin cubrirlas de ese aborrecimiento hacia España y todo lo español, condición esta última que la casta política catalana, desgraciadamente cada vez más alejada del sentir de su pueblo, es lo único que hoy reconoce y sólo prima como mérito destacable.

He aquí la carta de nuestro admirado Pío Moa:

"En un reciente artículo, D. Antoni Puigverd llamaba sembradores de odio a Aznar, Jiménez Losantos y otros que defendemos la democracia española, y establecía un paralelismo extraño con Yugoslavia. Alguien capaz de tal confusión no cambiará de idea por una simple réplica, pero la libertad exige que los lectores tengan otra versión.
 A mi juicio y al de muchos otros -más cada día- la Constitución está hoy seriamente amenazada. Parte de la amenaza viene de los separatismos vasco, gallego y catalán, que desde hace años se proponen una Segunda Transición, de la democracia a la desmembración de España, pretextando que no acaba de resolverse el problema del encaje de estas tres regiones en el Estado. Problema creado y exacerbado sin tregua por dichos separatismos, precisamente.
Un gran paso reciente en esa línea ha sido el estatuto aprobado por el Parlament. No es de autonomía, pues implica la separación práctica bajo una tenue cubierta que permitiría a los nacionalistas catalanes intervenir sin contrapartida en el resto de España (ya ocurre en la relación PSC-PSOE). Tal es la ambición originaria del nacionalismo catalán: hacer de Cataluña una nación aparte, supuestamente superior, más europea, que el resto del Estado español, pero manteniendo con éste unos leves lazos políticos, a fin de dirigirlo en provecho propio. Y de paso evitarían el riesgo de quedar excluidos de la Unión Europea. La maniobra recuerda las advertencias de Azaña sobre la tortuosidad de esos nacionalistas: son como la yedra. Quieren liquidar la Constitución mediante un hecho consumado y como quien no quiere la cosa. Sus pretensiones, de cumplirse, crearían en toda España una polarización y una crisis política de imprevisibles efectos, y debe quedar claro desde el principio quiénes están provocando el proceso balcanizante. 
El estatuto es antidemocrático, basado en ideas histórica y demográficamente falsas, como que el idioma propio de Cataluña es el catalán, con exclusión del español común que vincula la región al resto del país. No sólo el español común es la lengua de mucha de la mejor literatura catalana, sino que, por su extensión y prestigio en el mundo, aporta a Cataluña una riqueza invalorable (y no mal aprovechada). Además, la mitad de los catalanes lo tienen por lengua materna. La concepción del estatuto, sectaria y contraria al pluralismo democrático, ataca también ahí la Constitución que establece las libertades en toda España, incluyendo, desde luego, el Principado
Aquellas ideas sectarias han hecho de Cataluña y las Vascongadas las regiones con menos democracia de España. En Vascongadas la acción concertada de quienes sacuden el árbol y quienes recogen las nueces ha anulado en gran parte las libertades. En Cataluña no ha llegado tan lejos el proceso, ni la relación con los terroristas ha sido tan directa, pero también ahí los separatistas han concluido con los asesinos acuerdos que sólo se pueden calificar de gangsteriles, y también ahí el déficit de libertad es grave y creciente. Y no por primera vez en el mundo unos parlamentarios imbuidos de mesianismo degradan un Parlamento votando medidas contra la democracia. 
El señor Puigverd afirma: en lo que respecta al Estatut, nada impide, a pesar del reticente lenguaje en el que ha sido redactado, que se convierta en un instrumento para mejor encajar Catalunya en España. Nada lo impide si, naturalmente, tiene lugar una democrática y respetuosa negociación. ¿Reticente? Buen eufemismo. ¿Negociación democrática? Muy bien. ¿Y por qué no negociar, en vez de unas normas desestabilizadoras, otras que garanticen las competencias básicas del Estado contra la escalada secesionista, o los derechos de los castellanohablantes, o que la enseñanza pública no se convierta en aparato de propaganda de un o unos partidos, o que minorías sobrevaloradas no impongan su voluntad mediante una ley electoral defectuosa? Esto favorecería la democracia y la estabilidad del país, y también el encaje de Cataluña, mientras que cualquier avance en la dirección actual nos lleva, con toda evidencia, a los Balcanes. 
 ¿Y qué decir del respeto? Empieza el señor Puigverd por referirse a mí de modo muy ofensivo, cosa poco importante porque no ofende quien quiere. Pero necesitaríamos muchas páginas para reseñar las agresiones verbales y no verbales, los desplantes y ofensas de todo género realizadas estos años por los nacionalistas catalanes, en todos los medios de comunicación, contra los sentimientos e intereses de los españoles en general. No parece muy sincero invocar el respeto cuando ya esas actitudes empiezan a generar irritación y respuestas a veces destempladas. 
Un truco, de corte totalitario, que utilizan mucho estos señores, consiste en confundirse con Cataluña y motejar de anticatalanista cualquier crítica a ellos. Lo mismo hacían antaño los falangistas con respecto a España, lo cual indica algo. En cuanto a mí, nunca he confundido a Cataluña con las piruetas lamentables de los nacionalistas, con sus epopeyas irrisorias (La Triple Alianza de 1923, amenazando con la lucha armada, el esperpento de Prats de Molló, la rebeldía por la Ley de contratos de cultivo o la rebelión del 6 de octubre del 34), ni con su costumbre de pasar la hipocresía por moderación. Ese nacionalismo siempre ha desestabilizado los regímenes de libertades, fueran la Restauración, la República o la democracia actual, y cuando, en parte por sus acciones, llegó una dictadura, jamás ha sido capaz de hacer oposición real a ella. Creo que el nacionalismo sólo ha aportado a Cataluña convulsiones y una combinación de victimismo y narcisismo a menudo eficaz (fue la base del éxito de Hitler), pero que rebaja a quienes la promueven o la adoptan.
La petición del señor Puigverd no puede ser más reveladora: amordazar a los medios de expresión que le disgustan, acusándoles de sembrar el odio y so pretexto de responsabilidad de los periodistas, un lenguaje bien conocido en el franquismo. Yo no me opongo a que los muchos señores Puigverd de toda España expongan sus opiniones, siempre que quienes discrepamos de ellas podamos hablar también. Pero este señor pretende extender al resto de España la censura que los nacionalistas han logrado imponer ya de hecho en Cataluña, y de la que tengo buenas pruebas. Escribo este artículo a La Vanguardia sin la menor seguridad de que me lo publiquen, aunque con la esperanza de que les pique la honrilla profesional y democrática. Después de todo llevamos más de un cuarto de siglo de vigencia, aunque relativa, de la Constitución, y algo de su espíritu debe quedar todavía"Pío Moa
Artículo y compilación publicados el 1 de noviembre de 2005

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