lunes, 12 de marzo de 2018

Pues va a ser alguien más que Pío Moa y César Vidal

Manuel Fernández Álvarez, uno de los más grandes entre los historiadores.

Coincidiendo con la aprobación en el Congreso de una proposición de Ley para reconocer a la II República como antecedente de la actual democracia, así como otras barbaridades del mismo o superior calibre —hay quien habla de que fue el primer régimen realmente democrático en nuestro país—, el diario ABC publica hoy una “Tercera” del historiador Manuel Fernández Álvarez, miembro de la Real Academia de la Historia, quien, según confiesa, fue contemporáneo de esa República que acaba de declararse poco menos que idílica. De modo que en esa doble condición, historiador y coetáneo, expresa un juicio digno de tenerse muy en cuenta.


El artículo del señor Fernández, aun cuando se le adivina cierto interés en la equidistancia —es más que probable que de otro modo el ABC algo escorado de hoy no le hubiese publicado su opinión—, me parece lo suficientemente ilustrativo como para reflejar en Batiburrillo una parte de esa “Tercera” y dejarla aparcada en nuestra sección “Memoria histórica para todos”. He aquí unas cuantas frases, el resto puede leerse en el enlace del párrafo anterior:  

Era la esperanza de que España se iba, por fin, a modernizar. Y además, de forma pacífica, sin disparar un solo tiro. Pero hemos de decirlo con pena: al menos, en cuanto a la convivencia pacífica, fue una esperanza que se fue esfumando.

El grave desequilibrio socio-económico haría que las masas populares se revolvieran, acuciadas por el ansia de una súbita mejora, que creían tener al alcance de la mano, pero que comprobaban que era escasa o tardaba demasiado. De ahí un clima de creciente inseguridad, ya palpable en los dos años primeros de la República pero peligrosamente agudizado a partir del triunfo del Frente Popular en 1936.

De pronto, la clase media, incluso en sus formas más modestas, cayó bajo sospecha como si fuera un enemigo a batir. Eso se notaba en la calle, donde yo, un chiquillo cuyo padre era un modesto empleado de la Banca Herrero que apenas si ganaba para llegar con todos los suyos a fin de mes (cierto que éramos cinco hermanos), me vi más de una vez acorralado en la calle por grupos violentos que, de buenas a primeras, se metían conmigo, como si fuera un adversario al que había que eliminar.

Imposible olvidar los desfiles de las Juventudes Socialistas; al menos, en el Oviedo de 1936, yo los pude contemplar. Marchaban al paso trepidante de la Internacional, un himno electrizante sólo interrumpido por los gritos reivindicativos, amenazantes, desafiadores y de una exclamación una y otra vez repetida: «¡Viva Rusia!».

Era que el terremoto político provocado por la revolución bolchevique en la Rusia de 1917 había llegado a España. Precisamente por esas fechas, en la primavera de 1936, se vio a Largo Caballero, el líder del socialismo más radical, negarse a formar gobierno en coalición con Izquierda Republicana, desbaratando así la alianza del Frente Popular con la que se habían ganado las elecciones tres meses antes. ¿Y eso cómo había que entenderlo? ¿Acaso por aspirar al poder del proletariado, conforme al modelo leninista? La amenaza estaba en el aire.

Inquietante era también, no sólo para la España de derechas sino incluso para los republicanos moderados, el desorden generalizado en que estaba entrando España entera, cada vez más a merced de los grupos radicales de izquierdas como de derechas, en los que había que incluir a las juventudes falangistas, cuyo jefe, José Antonio, encomiaba la «dialéctica de las pistolas».

Aquí, las cifras escuetamente señaladas lo dicen todo. Entrado el mes de junio este era el balance: 150 iglesias quemadas o destruidas, 269 muertes violentas de signo político, 1.280 heridos, más de cien huelgas generales y más de doscientas parciales. Cada día traía la noticia de un nuevo desatino. El desbarajuste era de tal calibre que el propio Indalecio Prieto tendría este lamento: «No hay hipérbole alguna en afirmar que los españoles de hoy no hemos sido testigos ¡jamás, jamás!, de un panorama tan trágico, y de un desquiciamiento como el que España ofrece en este instante».

En ese ambiente, puede afirmarse que la II República no era una verdadera democracia. Las urnas sólo eran respetadas por el vencedor, ¡y no siempre! Al año de nacer la República se produce el golpe de Estado del general Sanjurjo. Y cuando triunfan las derechas en 1933, las izquierdas radicales responden con la Revolución de octubre de 1934, especialmente grave en Asturias, pero con su eco separatista en Barcelona. De modo que en 1936 media España se preguntaba cuánto tiempo tardaría en ser desbordada la República por un nuevo alzamiento.

Pero ¿sólo el militar? Porque daba la impresión de que también la izquierda radical preparaba el suyo. Acaso porque aquellos vivas a Rusia de las manifestaciones rojas eran como una amenazadora advertencia. ¿Fue eso lo que empujó a militares republicanos como Aranda a sumarse al levantamiento organizado en el norte de España por el general Mola? Su alocución el 20 julio de 1936 resulta llamativa: él no se alzaba contra la República, sino precisamente contra sus enemigos. En su bando de guerra se justificaría de este modo: «Vista la dejación de la autoridad ante los manejos de los enemigos de la República y España para apoderarse de los resortes del mando, he resuelto asumir el de esta provincia...».

…Ahora bien, tener una imagen de una II República idílica, gobernada por sabios y prudentes magistrados, donde se estaban incubando los proyectos más hermosos en una convivencia en paz y armonía, está muy lejos de la realidad. Presentar tal imagen es falsear burdamente la historia. Porque, en verdad, en aquella II República había menos verdaderos demócratas de los que hubiera sido menester.

Nota: Las negritas son mías.

Publicado el 28 de abril de 2006

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