sábado, 6 de octubre de 2018

¿Fascista? No, digamos liberal


Estos días he recibido en Batiburrillo una serie de correos anónimos, o con remitentes cuyo nombre en absoluto parece real, en los que se me acusa de fascista. ¿Razón? Quizá mis continuadas muestras de lo que yo entiendo por patriotismo y respeto a las instituciones, como por ejemplo mi artículo de ayer referido al Ejército. Esos correos al principio pasaron a la papelera, que uno no anda sobrado de tiempo para molestarse en algo más que en pulsar un clic que los haga desaparecer, pero la insistencia machacona de los “progresistas” y el hecho de encontrarme casualmente con un viejo artículo publicado en HispaLibertas, allá por el año 2006, ha motivado que traiga a esta página la respuesta que entonces me sugirió una situación semejante. Así pues, reproduzco el artículo citado (lamentablemente el vínculo a HispaLibertas no existe) y advierto a esos cobardes anónimos que no se molesten más, que como mucho habrán generado mi desprecio hacia ellos.


02-03-2006 ¿Fascista? No, digamos liberal

Pues resulta que no cumplo los cincuenta, porque los cumplí cuando tocaba, y hete aquí que acabo de descubrir que soy un fascista. Supongo que el título honorífico que a los integrantes de HispaLibertas nos ha adjudicado un medio plural, en lo que a mí se refiere guarda estrecha relación con mi columna de los miércoles en este diario. Hay que tener perendengues. O dicho en más modernito, hay que echarle morro al móvil. Toda una vida de asalariado y de respetar las reglas del juego, con alguna que otra carrera de adolescencia delante de los “grises”, para llegar a esto: alcanzar la condición de faccioso impuesta por un tercero al que apenas conozco y del que aseguraría que no me conoce de nada.

Porque faccioso es, según se elija acepción, la palabra con la que se identifica al perturbador del orden público. Ni que uno anduviese a todas horas armando su propia “kale borroka”. Claro que entonces yo no sería un fascista para ese “pluralizado” que nos acusa tan a la mala de Dios, sino una especie de luchador por la libertad, a su vez acosado por el Faccio, con el que sería preciso establecer un amplio diálogo sin necesidad de pedirle, previamente, que apagase el mechero y dejara de empapar el trapo que asoma por el cuello de la litrona, dicho sea en ese lenguaje plural que justifica interesadamente toda vileza o cobardía que proceda del poder. Un poder que los sedicentes plurales respaldan, apretando los ojos hasta dolerles, a cambio de canonjías algo más sustanciosas que el simple sustento acompañado de sal y asiento a la lumbre.

Y digo yo, si aquí en HispaLibertas somos fascistas ¿qué son los que apoyan a cara de perro cuanto de arbitrario y falso se nos ofrece en estos días a los españoles? Porque el fascismo, tal y como hoy se entiende, lo primero que hace es aborrecer la libertad e ignorar las demandas de la sociedad. No es preciso ser de izquierdas o de derechas para comportarse como un verdadero fascista, basta con permanecer impasible ante el sufrimiento y aplicar la indiferencia o ley del hielo a cualquier manifestación que supere el millón de personas o los cuatro millones de firmas en demanda de racionalidad en la educación. Basta con echarse en brazos de ciertos movimientos etno-disgregadores a cambio de que éstos te afiancen en el alto cargo. Un cargo que se usará, al fascista modo, para recuperar la memoria de los que con mayor saña transgredieron la libertad o despreciaron la vida en el siglo pasado.

Llamarle fascista a uno, sobre todo si acarrea el propósito malsano de quien sabe que es un insulto infundado, no deja de ser casi un piropo según de quien proceda el despreciable epíteto. Por ejemplo, si el que me llama fascista no es más que un esbirro recalcitrante que recibe un salario para dedicarse a esa actividad injuriosa, y que incluso demostró la misma condición, año tras año, durante la interminable etapa de corrupción generalizada y crimen de Estado, pues entonces debo de felicitarme. Porque lo realmente preocupante sería que gente así, vendida, me hubiese llamado “rojo”, una tonalidad política que, además de desacreditada, consta emparentada a todas luces con el atropello y el sectarismo, condiciones propias de los plurales a la violeta, es decir, de quienes sin practicar ni por asomo una ideología que respete la pluralidad, presumen de ella y la convierten en un eslogan tan falso como un duro sevillano.

Ahora bien, y hablo a título estrictamente personal, si soy un fascista por: Amar la libertad individual; desear que se respeten las leyes y si no gustan aceptar que se cambien de acuerdo con la voluntad popular, según prevén las propias leyes —nunca por la puerta falsa, como es el caso de algún estatuto de autonomía—; admitir cuanto de razonable hay en profesarle consideración a la patria española, a su historia y a sus símbolos; preferir un Estado mínimo y, en consecuencia, que de los ciudadanos surjan tantas iniciativas como demande el mercado; respetar las creencias, las tradiciones y la cultura de mis mayores, sin que forzosamente deba secundarlas nadie. Y a la postre opinar, en una concesión al derecho de equidad —no al ocioso igualitarismo—, que los gobiernos son tanto mejores, o al menos más eficaces, cuando más alto es el número de ciudadanos que sus proyectos legislativos amparan… Si todo ello es ser un fascista, pues digamos que soy un fascistón de tomo y lomo, sin remedio alguno y sin propósito de enmienda. Sin embargo, de ser cierto lo que se dice, que cada uno acaba siendo lo que más siente, digamos que entonces debo ser un liberal, porque como apuntaba el clásico y yo comparto: “Ningún poder humano podrá vencer irrevocablemente en el sagrado mundo de la libertad del hombre. Como mucho, lo mantendrá aherrojado algún tiempo pasajero”.

Autor: Policronio
Publicado el 22 de mayo de 2009

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